Recuerdos de familia- Hilda G.M.



Hilda G.M.

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Si me preguntaran qué recuerdos tengo de mi infancia en la casa de mi abuela, les hablaría de una noche que pasé sin dormir, oyendo cómo el viento zarandeaba las ventanas y lanzaba pedruzcos contra el tejado. Y si me pidieran más detalles, únicamente podría agregar la sensación aquella de estar acostado, solo, como si nadie más hubiera en la casa, mientras el viento parecía buscar alguna rendija para alcanzarme.

Mi madre contaba que mi fobia a las escaleras de caracol viene precisamente de los tiempos en que vivíamos con la abuela; decía que yo era un bebé demasiado activo y que un día casi me mato al intentar bajar gateando por una de esas escaleras que había allí. Yo, la verdad, no me acuerdo ni de la escalera ni del accidente.

Lo curioso es que nunca volviéramos a visitarla, como si la abuela o la casa misma tuvieran algo de culpa. Era yo muy chico todavía cuando mis padres se divorciaron y mi madre, por lo visto, decidió llevarme lo más lejos que pudo de la familia paterna.

Luego crecí, me fui de casa para estudiar en la capital y ahí me casé, pero cuando mi ex y yo nos separamos, decidí volver a vivir con mi madre que ya se veía algo cansada. Han pasado ya unos quince años desde entonces. Nunca me hubiera puesto a pensar en la casa de mi abuela, ni en esa época de mi vida, si no fuera porque ayer, cuando sentía que se estaba muriendo, mi madre me confesó que la abuela le había escrito cuando yo era estudiante y que en su carta pedía que la visitara, que no quería morirse sin verme. Mi madre me rogó que la perdonara por no haberme dicho nada de eso, ni siquiera cuando se enteró de la muerte de la abuela.
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Esperanza de vida- Gina D´Algo



Gina D´Algo

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Viene de fundar una asociación para dar voz y ayudar a las personas que padecen las mismas deficiencias que él sufrió.
Ligeramente recostado en su sofá, degusta una copita de buen vino y escucha a Manolo Caracol, sin darse cuenta de cómo afuera el viento empieza a arreciar.

Ese mismo tema flamenco sonaba hace unos años, cuando lo llamaron para darle la noticia más deseada. Una familia desconocida había tenido la generosidad de regalarle un pedacito de su malogrado bebé. Desde entonces, aquella suerte de lavadora le había permitido hacer su colada interior, por él mismo, liberándolo de seguir enganchado a una máquina cuatro horas al día, tres veces a la semana.

Por ello se siente muy feliz y agradecido. Pero si algún día se le olvidara lo afortunado que es, el bordado que lleva en el costado derecho se encargará permanentemente de recordárselo.
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Contemplando un pesebre- MT Andrade



MT Andrade
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Llegué algo tarde. Bulliciosos, todos pululaban por el patio caluroso. Crepitaban los leños entre las llamas y la carne goteaba su grasa sobre rojizas brasas, despidiendo pequeñas columnas de humo con aroma a hecho. El whisky iba y venía.
Entré en la casa. Solo, apenas alumbrado se encontraba un pesebre que alguien había armado días atrás. En el piso me senté con las piernas cruzadas y traté de penetrar en ese silencio llamativo. Allí estaban todos los pesebres: el que de niño vi armar a mi madre, el de mi hermana menor, la que hoy no está, el de mi esposa. Está también el microrelato que escribiré para una niña, pensando en una hermosísima construcción confeccionada con rama de olivo.
El hogar de una férrea estufa a leña era su alojamiento. Aprecié dos niveles. Lo enmarcaban, por la parte inferior, un blanco mantel con diseños navideños, a mi derecha un árbol muy rojo y encima hojas plateadas, flores y bolas rojas. Muy llamativo, muy mundano. Si el constructor se hubiera animado quizá pudo haber agregado una que otra arrugada bolsa de nylon, o trozos de plástico para hacerlo más actual…
En la parte frontal derecha, delante del árbol y de la fachada de festejo instalaron, horizontal, un espejo, un lago. Un remanso para soportar el exceso. Una fuente de agua viva.
Hacia el interior, sobre viejos almohadones de diseños diferentes, se simbolizaba la tradicional imagen. A la izquierda, simulando el campo de los pastores, se representaba una efigie secundaria, casi inadvertida.
En Belén hoy, existen dos lugares figurativos, que distan alrededor de dos quilómetros y medio. Uno es el campo de los pastores, el otro, el del nacimiento, ahí donde se encuentra la iglesia de la Natividad. Esa construcción cuyo acceso mide poco más de un metro de alto. Es necesario agacharse para poderla trasponer.

Adelante y hacia el centro, aun sobre el mantel los tres reyes magos no han salido del ruido del mundo y deben recorrer aún un largo trecho. Les queda cruzar un puente que les allanará el camino. Siguen la estrella que es muy clara para quien la ha hallado y no tanto para quien peregrina. Por un instante me acerco a ellos, como yo están desorientados. Se encuentran en al palacio de Herodes. Me paro sobre la exquisita decoración de sus mosaicos. Hablan entre ellos. No se necesita conocer sus lenguas. Llevan los regalos ¿Están siguiendo el camino correcto?
Los dejo atrás, cruzo el profundo valle y me acerco a los humildes trabajadores. Uno tiene una oveja a su lado. Se escuchan las notas de una flauta dulce. Comen pan con queso y beben vino. No hablan, escuchan. Un ángel de vestimenta roja, lento, se acerca trayendo el anuncio a esos pequeños, que, llamados, escucharán con atención y algarabía.
Camino por el desierto gris con escasas y frescas islas verdes de arbustos. Busco una gruta entre tantas grutas, un cobertizo entre tantos cobertizos. Busco a quien no han querido alojar, ni querrán nunca, ni siquiera hoy. Será el rey que no tendrá donde reposar su cabeza. Uno en una sagrada familia de tres.
Es un bebé común, igual a cualquier otro, más humilde y más grande. Recordará a su madre guardar recuerdos en su corazón y contar una y otra vez las mismas anécdotas.
Desde el principio de los tiempos llegó a disfrutar de la arena y del viento. A dejar escapar entre sus dedos la arena blanca y a retener caparazones de caracol.
Del centro emana una luz potente y tenue que alumbrará por siempre a quienes quieran verla.
A su lado se encuentra José, hombre fuerte y recio, bastón en mano, que es apoyo y que es también arma. Es el encargado de guiar y proteger el niño, de conducirlo por caminos misteriosos, no siempre seguros.
No falta el borrico, en el que María, embarazada, llegó cabalgando. Sobre su lomo ha recorrido los ciento treinta quilómetros que la separan de su pueblo, Nazareth. Y estarían todas las cosas que el autor hubiera querido incluir.

Afuera aumenta el estruendo. Dejo el pesebre y la casa. Salgo hacia la comida, los cohetes, las luces, el champagne… Hacia los saludos y los festejos, que no están mal. Adentro el niño continúa jugado con arena.
—¡Oye! ¿Dónde has estado? ¿Has olvidado que estamos festejando? Deja tus problemas para otro día. Toma una copa. ¡Brindemos! Esta noche es nochebuena y mañana es navidad. —Es como si dijeran al unísono.
¡Feliz Navidad! —Respondo.
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PERSIGUIENDO EL VIENTO- (R)- Estel Vórima



Estel Vórima


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Decía que era perseguir el viento. Sí, había salido a perseguirlo. A conseguir aquella historia que nunca podía contar. Ese día salí a buscarla por un sitio diferente del parque. Había estado lloviendo tres días y todo estaba húmedo. Mis botas manchadas de barro tuvieron cuidado de no pisar aquel caracol, que con su casa a cuestas, avanzaba por la fresca hierba.

«Mmm. Me encanta el olor de la hierba mojada, de la a». Di un suspiro y volví a aspirar con fuerza. Esta vez el aroma no solo fue fresco sino dulce. Como un perrillo seguí mi olfato y giré a la izquierda, en lugar de seguir recto. Esa vía me llevó a una recién inaugurada pastelería. Daban un café gratis por la inauguración, y esos bollos, pasteles y bombones tan aromáticos tenían un 10 % de descuento. Si no babeé cual bebé fue a base de fuerza de voluntad.
Aquella pastelería olía a gloria, casi tan bien como la hierba fresca. Estaba decorada con papel y libros antiguos y había un par de mesitas pequeñas. Todo estaba hecho a mano, bollería incluida. Lo regentaban dos hermanas. Una llevaba el horno de leña y la otra atendía la clientela. Sus pasteles y panes tenían divertidas formas. Animales mitológicos, personajes de dibujos animados. Estaban expuestos de tal forma que contaban una historia. Me pareció ver siete enanitos...

«Mmm. Me gusta el mensaje del humo del café». Calidez, sabor, descanso, despertar...

Viento, aderezado con aroma de café, dulces y hierba fresca.
No sabía si contaría o no la historia que había salido a perseguir. Lo que sí sabía era que muchas veces, como las setas, las historias brotan donde menos te lo esperas.

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EL PASEILLO- Isan



Isan
https://unacapadebaniz.blogspot.com

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Creo que hoy me llevan de paseo. El paseíllo lo llamo porque me recuerda el de las corridas de toros por el espectáculo que montan y porque ponen en peligro mi integridad. No augura nada bueno. Miedo me da. Empiezan pululando a mi alrededor y los temo más que a un nublado. No digo esto de coña. Parece una fijación, pues lleva no-sé-cuantos días sin llover y ya toca. Siempre hacen lo mismo. Me tienen aquí acoquinado en un rincón oscuro y, en un improviso, sacan unas ropas estrambóticas de los tiempos de Maricastaña, tan viejas y raídas que ni yo mismo sé de cuando son. De mi época no, está claro. No recuerdo haberlas llevado jamás.

La Benita y sus adláteres como las llamo, más carcamales que yo —ya es decir— siempre andan pululando de aquí para allá pero sin hacerme ni caso, pero en estas ocasiones me pasan la esponja por la cara como si tuviera babas. A cada pasada me quitan ese tomo risueño y jovial que me ha caracterizado. Se empecinan en peinarme dejando un mechón en forma de caracol como si fuera un bebé. Más vale que no se les ocurre rematarlo con un lacito rosa. Y no les des ideas. Después otros igual de decrépitos, gente más dada al chismorreo que a la reflexión, me montan en la silla y ¡hala! a pasear. No me hace ni pizca de gracia.
Por la calle todos me miran como a un bicho raro. Normal, con las pintas que llevo no se sabe si voy a un baile de disfraces o lo hago para provocar que tanto mola ahora. Estoy a medio camino entre Lady Gaga y el Payaso Asesino. O sea, no digo más.

Para mayor escarnio van entonando la misma cantaleta desde que ponen el pie en la calle. Siempre la misma ruta por todo el pueblo a trompitalega, como dicen por aquí estos lerdos, o sea a trompicones, con un desprecio absoluto a lo delicado de mi físico que está para mírame y no me toques. Que, digo yo, adecentar un poco el pavimento no vendría mal o, en su defecto, que me trataran con la delicadeza debida.
Cansados de zascandilear a su antojo, me traen a casa, pero antes, en el colmo de la depravación, me dan una vueltica por el orillo del barranco en una extraña danza macabra, así como quien no quiere la cosa. Lo tomo como una velada amenaza con soltarme si no cumplo con sus pretensiones. Serán… ¿Pero qué les habré hecho yo?, me pregunto. Por si acaso estoy calladito porque llevan la maldad esculpida en el rostro. Les conozco.

Ya en casa, entran todos en tropel y ahí todavía lo paso peor. Se me abalanzan encima para saludarme, algunos me dicen cosas que prefiero no escuchar. Me tocan descaradamente gentes que ni siquiera conozco, incluso me dan palmaditas y besos. ¡Uf! qué asco, eso sí son babas. A algunos les huele el aliento a ajo y a sebo, otros parece que no se han lavado en meses. No vendrá gente lozana, no. De esos —y esas, como hay que decir ahora— pocos y, si alguno, feos o deformes son los que se acercan. Cuando han terminado de sobarme, empieza otro tío vestido aún más raro que yo a pedirme cosas. ¡A mí! Vaya falta de consideración. Como remate final me echa agua a la cara el desgarramantas ese. ¿Es que no son conscientes del lamentable estado en el que me encuentro? Algún día me va a dar un repente y entonces van a temblar los muy…

Estoy en el final de un proceso destructivo irreversible que en otras circunstancias sería desalentador, pero dada mi situación a mí ya no me importa un pimiento.

Pero quién se creen que soy aparte de un simple pedazo de madera y con bastante carcoma, por cierto. Más les valdría darme un tratamiento con insecticida y remozar la pintura si quieren que dure otros trescientos años; no sé cómo no se fijan en el rastro de serrín que voy dejando por las calles con el meneíto de marras.
Os lo voy a decir en vuestro idioma a ver si así lo entendéis: ¡irsus pa´casa y dejarme en paz! Mañana caerán chuzos de punta, y no es porque lo quiera yo, lo dicen las témporas. Que no os enteráis. Y ojalá se os aneguen los campos que sois más cansos que la vendimia con barro. ¡Anda, iros a tomar viento. Que os den!

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SUSPIROS - Juana Medina



Juana Medina

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Este año, el primer viento de primavera ha dejado un colchón cerrado de hojas secas sobre todo el jardín. Está tan parejo y los distintos tonos marrón rojizo, negruzco, amarillento hacen dibujos tan sugerentes y bellos que más que rastrillar y limpiar, y dejar el terreno preparado para un pasto fresco, verde, me dan ganas de pintarlo.

¿El colchón donde se recostará la vejez? Sí, en cierto modo esa es la imagen. Pero el recuerdo es el sonido de las hojas secas al quebrarse bajo los pies de una niña que corre y grita entusiasmada por el primer cielo azul, por el aire que la empuja y llena de alegría la vitalidad que la desborda. La niña que fui.

Suspiro resignada. Siempre suspiro ante las obligaciones cotidianas que me llevan a deshacer lo bello en pro de lo práctico.

No, me corrijo: suspiro siempre. En casa me llaman “la suspirosa”, porque es lo primero que hago después de abrir los ojos, cuando veo las noticias que hablan de un mundo en llamas ante el que no queremos rendirnos, pero no sabemos cambiar. ¿Qué haríamos si lo hiciéramos nuestro, sin los otros? Desconozco el origen de mi hábito, pero sé que cuando lo registré como característica propia, me di cuenta de que pertenezco al aire tanto como él me pertenece. Cuando aspiro, es mío en mis pulmones, así como cuando lo suelto y lo doy, pertenezco a todo el aire exterior.

Empiezo a limpiar. Alrededor de los troncos de los árboles, bajo las hojas secas hibernan todavía cientos de caracoles. Levanto uno que empieza a abrir la capa protectora que tejió. Va asomando como si se desperezara.

“Caracol, col, col,

Saca tus cuernos al sol”

cantaba mi madre cuando yo era bebé, mostrándome sus antenas mientras lo sostenía en la palma de la mano.

—¡Son plaga! —grita mi hermana que acaba de aparecer en el jardín. Ella cuida las plantas y sus flores y se ocupa con dedicación de una parte del terreno donde cultiva algunas verduras, “su huerta”.

—Lo sé, lo sé… —respondo apenas, mientras le entrego el rastrillo.

Comienza metiendo caracoles en una bolsa para el primo que los salta con ajo y perejil, pero a medida que encuentra más y más, se desespera y grita como si los caracoles quisieran hacerle daño. Se enfurece, los pisa con rabia.

Vuelvo a suspirar. Ítalo Calvino hizo que su Barón Rampante a los doce años trepara a vivir para siempre en las copas de los árboles por no comer los caracoles que había visto hervir vivos a su hermana. En este momento, envidio al Barón.

Rastrillo en mano, frenética, desesperada, se vuelve hacia mí para que responda por ellos. Mi hermana es el dictador. Yo, la revolucionaria que dirige la rebelión de los caracoles. ¿Por qué, si no, han elegido nuestro jardín? Mi permisividad, mi “vivir y dejar vivir” deben ser responsables aunque ella no pueda explicarlo. No me hablará en todo el fin de semana.

A punto estoy de contestar enojada, pero reconozco su entrega y su cuidado por la huerta y las plantas. Soy la única persona presente, y ella tiene buenos motivos para defenderse de la plaga.

Decimos amar la naturaleza y vivimos destruyendo todo lo que no nos gusta de ella. A su vez Madre-Natura se encarga de diversas maneras de nuestra destrucción. ¿Seremos siempre depredadores?

La dejo en su danza de bruja contra los caracoles, y entro a casa.

Otro suspiro. Este es más hondo.
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CELEBRACIÓN DE NAVIDAD - Jeremías



Jeremías

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En singulares oleadas pocos presos van llegando desde las barracas y en silencio ocupan los largos bancos de madera que ellos mismos han construido y lustrado.
El Obispo, los sacerdotes y los integrantes de la pastoral, de pie junto al bebé en pañales, los reciben con la simpatía de siempre.
Ahí está el nuevo. Donald, el que ha comenzado a purgar una pena que supone será de siete años. En silencio continúa descargando su dolor en una especie de confesión, de la cual aún no puede salir. Mató a un hombre que a su vez había asesinado a su hermano, delante de los hijos. Actuó en venganza y también mató. Las imágenes se repiten una y otra vez en su mente. Era su obligación proceder así. Era su deber. Se lo enseñaron desde niño.
Miro a Omán, a quien compré un tapiz que tejió en lana con figuras de caracoles rojos. Muy artístico. El tiempo de los presos da para mucho. Pagué por él dos quilos de yerba Canarias, cuatro paquetes de tabaco de armar Cerrito y cuatro paquetes de hojillas. Llevaba años. Ahí mismo se bautizó. Vive en un recodo del arroyo Pando y sé que no debo visitarlo.
También veo a Denzel quien un día de invierno concurrió de ojotas. No llegó a tiempo para los pocos pares de medias gruesas que distribuimos. Me comprometí a llevarle zapatos adecuados. Calza 42, igual que yo. En algún lado tenía botas nuevas, las había comprado al final de la temporada pasada. Esos días, pasé más frío yo, pensando en que no se las había llevado, que él mismo. Cuando, a la visita siguiente contento atravesé la guardia el hombre ya no estaba. Los reclusos de su barraca habían sido trasladados debido a una trifulca. Colchones quemados, cortes (perfiles de hierro de hasta un metro de largo), bloques partidos, trozos de techo, todo sirve como arma. Terminó con un chico muerto.
Ahí está el que solicitó traslado desde la cárcel de Tacuarembó para poder estar con su hermano. “Claro robo carteras. ¿Trabajando en qué voy a ganar lo que gano así? Desde pequeño vi a mi padre y a mi tío llegar con cajas llenas de joyas. Espero que mi hijo vea distinto. Con su madre también presa…”. Todavía hoy me sorprende su cultura y su optimismo. No pude despedirme cuando salió.
Hoy William firmó la sentencia, le dieron 7 años y medio, esperaba 8. Lleva casi tres años. No quiere calcular cuántos le quedan, no se anima a pronunciar el número. Está muy deprimido. Está sentado justo al lado de Diego que se va en un mes.
William ha llegado del juzgado y dice: —cuando salgo, no me da la vista para mirar todo —su cara se tensa y revolea los ojos imitando ese momento.
Durante el periodo de espera se nos acercó un recluso: Dylan. Nos dejó su número de teléfono. Mañana sale en libertad luego de dieciocho años y algunos meses. Hacía días que disfrutaba de salidas transitorias. El hombre despeinado por el viento, pintaba el frente del edificio penitenciario. En la cárcel aprendió a hacer trabajos de albañilería, trabaja ahí por un salario muy mínimo. Es de Sauce, tiene donde vivir: la casa que fuera de su madre. La está arreglando. Necesita trabajo. No quiere volver a delinquir. Es una situación complicada por sus antecedentes, como lo es para todos los que salen. Ya tiene 51 años de edad. Es una persona reposada. Hasta hoy, la cárcel ha sido su hogar.
—Hoy muy temprano salió Rodrigo —nos comenta el operador carcelario— no tenía dinero para pagar el ómnibus. Se fue caminando.
Tenemos que adelantar la salida. Uno de ellos ha subido al punto más alto de la escalera que lleva a los tanques de agua. Ahí permanece, lo vemos. El patio ha quedado vacío. Mirta le saluda con la mano y le dice, como es su costumbre, “Dios te ama”. Nos quedamos viendo, de alguna forma apoyándole para que baje. Un guardia de particular le habla. Desciende un tramo. A mitad de camino para y pone su mano en forma de arma. Y le dice algo: si cuando baje no cumple lo que ha prometido lo matará, a él o a alguno de los otros.
El agente nos dice: no saben la cantidad de situaciones dramáticas, similares a esta que presenciamos, “las cosas que vemos aquí”.
Como quisiera estar presente en la celebración de Navidad, pero esta terca enfermedad no me lo permite hoy.
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Hay cosas que no cambian - Ratopin Johnson



Ratopin Johnson


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Aquel día, en la plaza detrás de la mía en el garaje del edificio, normalmente vacía, había no solo un coche, sino también una motocicleta delante de él, que invadía mi zona. Me costó un poco, pero al fin estacioné.

—Pues tiene espacio por detrás…Deber ser nuevos. Tendrás que hablar con ellos –—dijo Eva, mi mujer masajeándose su barriga de embarazada.
—Sí —contesté.

Algo me dijo aquel apellido que leí en el buzón, pero no caí en ese momento. Me abrió la puerta un individuo grande, como de mi edad, con aire cansado, al que le expliqué la situación. Dijo que lo sentía, y que echaría un ojo, aunque no me pareció que tuviera mucho interés.

—Me ha costado aparcar, no querría dañarte la moto.
— ¿Eso ha sonado como una amenaza? —dijo abriendo los ojos.
—No —balbuceé—. Bueno, gracias. Soy del Primero B. Andrés. Andrés Pérez – dije extendiendo mano. No hizo ni amago de estrechar la mía. Se quedó pensando.
—Andrés Pérez. Ahora te reconozco, eres Pérez: Perejil —dijo.
— ¿Cómo?
—Soy Carlos Porta, del colegio, ¿eres tú, Perejil?

Tontodelculo Porta enfrente de mí, treinta y tantos años después. Asentí, y entonces me sacudió la mano con fuerza muy contento.

—Pues sí, vivo aquí con mi familia desde hace años.
—¿Tienes hijos?
—Sí, un chico de diez años, y vamos a tener un bebé. Será una niña, para el mes que viene.
—Jo, qué bien Perejil.

De pronto se puso serio.

—Yo tengo un par de chicos. Me he divorciado hace unos meses. Hace poco que me he mudado.
— Vaya, lo siento.
—En fin —dijo recuperando la compostura— ¡Si es que son unas guarras, Perejil!

Perejil era un caracol con rizos y gafas, amigo de la gallina Caponata en Barrio Sésamo, un programa infantil de televisión. Según Tontodelculo eramos iguales. Su afición era amedrentar a niños más pequeños. Conmigo la tomó durante un tiempo, me insultaba, me quitaba el bocadillo, me empujaba y me ponía la zancadilla por los pasillos. Llegó incluso a meterme la cabeza en el inodoro. Un auténtico matón. En aquellos tiempos el bullying no se sabía ni lo que era.

—Tenemos que quedar. ¿Cómo se llamaba ese amigo tuyo tan grande?
—Felipe —respondí.
—Eso, Felipe Barrios: el Gordinflas – dijo con sorna.

Tardé en contarlo en casa y los profesores solían decir: «tranquilo, las palabras se las lleva el viento». Las palabras quizá, pero el susto del cuerpo y los moratones, no. Quién acabó con todo esto fue Felipe. Llegó al colegió y decidió protegerme. Tuvo una pelea épica con Tontodelculo. Nadie se metía con él. Ni conmigo.

Felipe y yo perdimos contacto muchos años. Después, hacía un par, me localizó por internet, y nos íbamos viendo más o menos. Estaba divorciado también, con una niña, y bebía, bebía demasiado. No lo estaba pasando nada bien.

Tontodelculo no movió la moto. Insistí, y contestó con algo como «pero bueno, estás aparcando, ¿no?». Eva llamó a su puerta también, y le soltó perlas como «vaya barrigón» y «¿no tiene huevos tu marido de venir?». Me lo relató indignada, le salían chispas de los ojos. Cuando Felipe, al que ella conocía, había vuelto a entrar en mi vida, yo le había contado la historia del colegio. Así que, ante su sorpresa, concluí diciendo: «ese es el tipo que me acosaba».

Pasaron unas semanas, y nada cambió. Un día Felipe llamó. Fui a recogerle con el coche y lo llevé a casa para que cenara con nosotros. Se notaba que había bebido. Al salir del vehículo, se quedó mirando la moto de detrás.

—Joder, qué jeta tiene la gente.
—No hay manera de que la mueva. No adivinarías nunca quién es el propietario.

En ese momento retumbó una voz en el garaje.

— ¡Qué bueno. El Gordinflas. Estás igual! ¡Perejil y Gordinflas juntos!

Era Tontodelculo.

— ¿Tontodelculo? –— preguntó Felipe estupefacto—. Toma ya.
—Ves, has aparcado —dijo dirigiéndose a mí.
— ¿Es tuya la moto entonces? —dijo Felipe.
—Sí.
— ¿Harías el favor de moverla?
—Tampoco molesta tanto.
— ¿O la muevo yo?
—Atrévete Gordinflas.

Felipe se atrevió, claro. Arrojó la moto al suelo, delante de Tontodelculo.

—Gordo hijo de puta. Tú y yo teníamos una deuda pendiente – bramó rabioso y se lanzó sobre él.

Intenté decir algo o quizá no. Dos tíos cuarentones peleándose. Cuando rodaron por el suelo, me sentí transportado al patio del colegio, y los vi de niños, aquella lucha épica con la que Felipe consiguió que me dejara en paz para siempre. Y aquí estaba otra vez, mi amigo defendiéndome.

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Los perrillos - Ofelia Gómez



Ofelia Gómez


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Entre los lejanos recuerdos de mi infancia aparece con frecuencia una mañana en que junto con mis primos salimos a correr por el campo. Mamá nos había advertido “Cuidado con las avispas” y “No vuelvan llenos de barro”. Pocos minutos después ya no recordábamos aquello de avispas y barro, así que saltábamos charcos, tirábamos cascotes a los pájaros y arrasábamos con cuanto rosado huevo de caracol apareciera en nuestro camino.

Éramos felices de estar juntos, como todos los veranos. Reíamos sin motivo y hacíamos planes para juntar piedritas y prepararnos para una batalla con nuestras hondas, pero luego de andar dando vueltas un buen rato hubo algo que nos detuvo. El suave viento, que era en realidad una brisa, nos trajo un olor extraño, hasta que vimos que a unos pocos metros había un bulto entre los pastos. Nos quedamos quietos mirándonos sin hablar, dudamos un instante. Ninguno de nosotros demostraba ese cierto temor a lo extraño que parecía envolvernos, hasta que Mario, que era el mayor del grupo, salió corriendo para ver de qué se trataba, y los demás lo seguimos con cierto orgullo por nuestra valentía. Era nada menos que el cadáver reseco de un zorro, seguramente muerto hacía bastante tiempo.

Esa aventura nos enseñó tempranamente la fragilidad de la vida. Nuevamente seguimos nuestras correrías fingiendo alegría, pero poco a poco nos fuimos separando. Me quedé solo con mis pensamientos tristes y me eché bajo un árbol. El sol pegaba fuerte y estaba cansado.

Del lado de las casas podía ver que se acercaban las socarronas hijas del capataz. Oía sus risas y sus cuchicheos mientras avanzaban hacia mí. Les gustaba burlarse de mi escasa experiencia en las cosas del campo, decían que era más molesto que un bebé. Me puse de pie dispuesto a alejarme de ellas.

Corrían rodeadas por sus tres perritos caniche toy que solo servían para hacer ruido y me mordisqueaban los tobillos apenas me descuidaba. Tuve éxito en mi huida, y hoy, al recordar la escena, pienso que esos perrillos no habrían existido si no fuera por el capricho de aquellas niñas. Imagino que, con el paso de los años, se habrán convertido en señoras serias y sin mascotas molestas.

Mis primos y yo nos desparramamos por el mundo, aunque a veces nos reunimos a través de la pantalla del ordenador, y entonces fingimos una alegría extraña como aquella vez que descubrimos lo frágil que podía ser la vida.
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Rebelión (R) - Vespasiano



Vespasiano

lhlupianes.blogspot.com.es


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Esta es la historia, transmitida oralmente durante siglos, de la especie Cryptomphabulus alonensesis...

Grimpolin era un caracol hermafrodita, como los demás, pero su órgano masculino sobrepasaba con mucho al del resto de su comunidad. Por eso era el preferido por todos sus semejantes a la hora de aparearse.

También era un excelente padre, pues no solo se preocupaba de la camada nacida de sus propios huevos, sino que se desvivía por los nacidos de otros óvulos, de congéneres suyos, que habían sido fecundados por él.

Y es que los miles de caracolillos venidos al mundo de sus cuantiosas inseminaciones, a diferencia de otros gasterópodos, eran poseedores de un cuerpo elegante y cabeza prominente donde unos pequeñísimos ojos brillantes le permitían caminar y copular a plena luz del día, además de tener el caparazón dorado más llamativo que uno pudiera imaginar; y lucir vistosos cuernos, que ya quisieran para sí los sufridos campesinos del condado de Neustrisia, portadores de ellos, gracias al derecho de pernada del despótico señor feudal Herluín II.

A los oídos de Hrolf, el repostero más famoso del territorio había llegado la noticia de que en Tarquinia, allá por el año cincuenta antes de Cristo, Fulvius Hirpinus había construido una granja para la cría y consumo de esas extrañas criaturas.

También sabía que la carne de esos invertebrados era un excelente afrodisiaco. Por eso pasaba muchas horas empeñado en elaborar un hojaldre repleto de moluscos de tierra, para agasajar al rey Arnyulfo; que lo dotaría de la energía suficiente para consumar su casamiento con una linda dama del país vecino, ya que a las mujeres de su Reino del Viento Rampante no podía vérseles la cara debido a que siempre tenían el pelo enmarañado cubriéndoles el rostro.

Aquella noche había llovido copiosamente; así que a la mañana siguiente Grimpolín sacó de la madriguera a sus rubios querubines para que disfrutaran del placer de retozar deslizándose por encima de las hojas caídas.

El ruido de las ramas de los árboles, al troncharse unas tras otras, próximo a donde se encontraban le alertó de la presencia de un extraño. Lo más deprisa que pudo, avisó a su camada para que se metieran debajo de las hojas. Pero el hombre llegó a tiempo de ver, asombrado, el brillo dorado de aquellos animalillos que no habían podido esconderse.

“¡Santo Dios! ¡Que criaturas más fantásticas! Con este género seguro que consigo encontrar el punto exacto para la fórmula de mi pastel real”.

Grimpolín se sintió impotente mientras el miserable rebuscaba entre las matas recogiendo a todos sus hijos. Desesperado por la pérdida de sus descendientes, se puso en marcha lo más rápidamente que pudo, contrayendo y alargando con ahínco su cuerpo elongante.

Llegó extenuado al claro del bosque con los ojos inundados de lágrimas solicitando, acongojado, ayuda al presidente del Senado. El venerable, al enterarse de la desgracia exclamó: —¡Malvado confitero! ¡Con lo tranquilo que vivíamos en este maravilloso bosque!

—¡Y maldito sea quién le ha hablado de nosotros! —Se quejaba amargamente el molusco más viejo del lugar—. Ahora querrá venir por aquí todos los días a robar nuestros bebés.

—¡Camaradas! —Arengaba Grimpolín—. Tenemos que llegar al pueblo de Evreulix para rescatar a mis pequeños.

—¡Debemos mandar emisarios a todos los rincones! —Animaba a los allí congregados, el ministro de Obras y Caminos.

—¡Sí! Pero con nuestra lentitud tardaremos muchos días en llegar. —Recordó el responsable del Sindicato Obrero.

De repente se levantó el huracán más potente que ojos humanos hubieran visto jamás. Al poco tiempo llegaron rodando, arrastrados por el fuerte temporal, cientos de miles de caparazones a la plaza del pueblo donde estaba ubicada la fábrica de dulces.

Dentro del obrador se encontraba, como siempre, el perverso Herluín II, ávido por manosear las prominentes nalgas y los generosos senos de las muchachas que en él trabajaban.

Los moluscos, salidos de sus conchas, segregaban a su paso, una materia viscosa a un ritmo vertiginoso, haciendo resbalarse y golpearse en la cabeza a todos los que allí se encontraban. Por los cuerpos caídos reptaban millares de ellos impregnándolos de la baba más contaminante, quedando al poco tiempo totalmente recubiertos.

Días más tarde los vecinos, horrorizados, pudieron verlos petrificados, y con extraños apéndices nacidos en sus cabezas.



Cuando el rey supo de la muerte de Herluín II y de su pastelero favorito, mandó quemar todos los bosques, aplicando la ley de tierra arrasada; envenenando sus fuentes y acuíferos hasta la extinción total de aquella única y extraordinaria raza de caracoles.

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