Mi ángel de la guarda, mi amarga compañía - (R) - Isabel Caballero



Isabel Caballero


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Cuando intento rememorar lo sucedido en aquel corto viaje de fin de semana, solo recuerdo retales inconexos colgados de mi inestable memoria.
Mi marido conducía, parecía que rodábamos entre algodones. La espesa bruma homologaba contornos: la gasolinera que dejamos a la izquierda, la torre de una iglesia, la vereda bordeada de pinos, el perro que asomó de repente sin que pudiéramos evitar atropellarlo.
En el rancho reciclado en finca rural destinada a turistas en busca de naturaleza y paz, comprobamos contrariados que no había alojamiento. El encargado nos ofreció sus disculpas con un sí señor, no señor, lo siento mucho señor, comprendo que a estas horas de la noche… si quieren pueden descansar hasta que se haga de día en la sala de estar, la chimenea está encendida. Aunque la cocina ya está cerrada, si lo desean pueden pedir algún refrigerio.
Pese a su aparente amabilidad, tenía mal carácter, lo supe como si el hombre fuera transparente. También vi el coágulo obstruyendo el viaje de la sangre en su último recorrido hacia el corazón unos segundos antes de que se derrumbara. Junto a él una sombra.
La ambulancia tardó en llegar más de una hora. Alarmados por su sirena, algunos de los huéspedes salieron de sus cabañas. Una mujer mayor, en camisón y bata, abrió mucho sus ojos saltones antes de caer al suelo exhalando con voz ronca un ¡ay Dios mío! En su tráquea dormía una mariposa negra, no mayor de cinco centímetros, con las alas desplegadas. Me produjo náusea reconocer el demonio que la habitaba.
Al final nos dieron una cabaña.
—Un dos por uno —bromeó Jaime. Mi marido tenía un humor negro extremado.
Cuando era pequeña podía ver a la gente por dentro, también creía que un ángel oscuro venía a verme todas las noches y de todas las maneras posibles se metía en mí, con violencia algunas veces, con dulzura las más. Al poco tiempo alguien enfermaba o moría. Al menstruar, casi a los quince años, dejé de soñar con él. No quise contarle nada a Jaime de estas nuevas visiones, tenía la esperanza de que se tratara de episodios aislados.
Hacía tiempo que no lo hacíamos así, de frente, mirándonos a los ojos, en silencio y con ternura. Muy despacio. Hice todo lo posible por no pensar en la pequeña protuberancia del tamaño de una nuez agazapada detrás de su uretra, ni de las malditas células navegando por la corriente sanguínea, ni en sus huesos invadidos por las sombras, ni en el terrible sufrimiento que le esperaba. Una muerte larga, oscura y lenta.
Por la mañana, agotado y feliz, se soltó de mis piernas. Quería fotografiar la pared del roque con la luz rosada del amanecer, los retazos de niebla como gasas velando los muros del barranco.
Le abracé desde atrás susurrándole un te amo. Fue muy fácil.
La guardia civil tuvo que bajar hasta la vertiente para rescatar su cuerpo destrozado sobre la cuenca seca del río. A uno de los porteadores le lloraba el ojo izquierdo, pronto quedará ciego de ambos. Glaucoma. Ya no sé si anticipo, o provoco.
Nos hicieron muchas preguntas, resultaba alarmante tres muertes en tan corto espacio de tiempo. Las autopsias de los cuerpos corroboraron las enfermedades pronosticadas, con un solo golpe de ala, por mi demonio asesino.
Me estoy volviendo loca, procuro no mirar a la gente, no salgo de casa. No quiero ver a nadie salvo a mi ángel de la guarda, mi amarga compañía. Cierro los ojos y otra vez sueño con él, una y otra vez, y otra vez y otra. Viene a verme y me incita y me excita como nadie lo ha hecho.
Luego todos dejaron de venir.
Los servicios sociales intervinieron confinándome en esta unidad de psiquiatría. En ella veo formas vagas, crecen y se expanden como pájaros negros, si pudiera me cosería los párpados. Sé por los pasos de una enfermera de su problema de cadera; por el aliento del auxiliar, de la acetona que padece. A través de las paredes escucho los estertores de quienes sufren. El hospital es un cementerio de gente que agoniza.
El doctor especula sobre mi patología, sobre mis supuestas fobias. Vuelve a reafirmar el disparate de que llevo interna diez años… que nunca he estado casada… que no salgo de la clínica mental desde hace una eternidad. ¡Pobre imbécil!, desconoce lo que esconde su pulmón: un pasaje al infierno. Aún no sabe que acabo de condenarlo con mi mirada.

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El Viaje - Amilcar Barça

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Amilcar Barça
http://caminodehierro.net/


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Fruto de mi vagancia congénita y de la cual no me vanaglorio, voy a aprovechar el tema de un viaje que realizamos a Galicia mi santa y yo y que anda por alguna parte de mi blog.
Comencé los preparativos de dicho viaje indagando los medios para poder llevarlo a cabo. Con la sana intención de ahorrar lo máximo posible en pasajes, a poder ser todo, y admirar los paisajes, insinué la posibilidad de realizar el Camino de Santiago, andando por supuesto, alojándonos en los refugios del peregrino que hay a lo largo del Camino. El bufido que me espetó en los morros la susodicha santa, no tuvo nada que envidiar al de una cobra encolerizada. A punto estuve de llamar a urgencias para descartar que el veneno hubiera llegado al torrente sanguíneo. No puedo reproducir aquí los epítetos y descalificaciones que hube de soportar; los más suaves, acémila y mastuerzo.
Como nos estaban esperando y yo tengo la culpa siempre de todo —lo malo, que conste—, indagué la posibilidad de hacerlo en tren. Doce horas mínimo y en categoría turista. Tomando el convoy a las diez y media de la noche, llegaba a Coruña ciudad a las once del día siguiente; sin contar con que alguna rueda pinchara, de lo cual Renfe no se hacía responsable.
Intentando me saliera lo más barato posible, compré dos tarjetas doradas para gente sin obligación de fichar. La noche me debió vencer pues a pesar del estruendo que hacían las ruedas del vagón en los carriles, cuando desperté ya era de día y sabe dios donde estábamos, en tierras leonesas o por ahí. De haber habido un asesino en el vagón, yo hubiera sido el primer candidato si pillo a mano el cuello del presidente de Renfe o Adif, que ahora ya no se sabe quién es quién.
Nuestros anfitriones, nos recogieron en la estación y pasearon por la ciudad en su carro. Llegamos hasta la Torre de Hércules, mítico faro que ilumina a los marinos desde tiempos inmemoriales. Hubo suerte, no llovía. El anfitrión, marino, con gran sentido del humor, le dijo a un gitano que era coronel retirado de la guardia civil. No le volvimos a ver el pelo. También nos paseó por la base naval de Ferrol, aunque en aquel momento solo había una corbeta atracada. Por cierto de nombre: Almirante Don Juan de Borbón ¿les suena?
El rancho que tienen, pazo le llaman ellos, levantado con sus medios e ideas, es magnífico. Campo de tenis, huerto, gallineros, casa de invitados… y como el riego abunda, todo muy verde. Lo pasamos en grande, más que nada porque todo lo pagaban ellos. Así da gusto hacer turismo. La bravura del Atlántico y otros monumentos, no puedo reflejarlos todos pero sí algo que me llamó la atención: Las hortensias crecen salvajes, de todos los colores y en cualquier parte. Alucianao. También visitamos Santiago de Compostela, ciudad que ya conocía de mis tiempos de estudiante, con muchas ganas de todo y pocos recursos para conseguirlo.
Y hubo que volver. Por el mismo medio pero diferente recorrido. A Coruña—Madrid y de allí en AVE a casa. El margen de tiempo entre enlaces, lo consumieron las esperas. Siempre se ha dicho que Renfe y Telefónica, jodían por las demoras. Y había que hacer trasbordo entre estaciones, fácil para quien lo conoce e imposible para quién no. Chamartín/Estación del Norte, hasta Puerta de Atocha, el AVE.
Y aquí surgió el milagro. Pregunté el modo de enlazar y un señor me explicó cómo; aconsejándome no lo hiciera a través de un taxi, sino de un tren de cercanías del cual, yo, no tenía ni repajolera idea. Al vernos en el andén, se apiadó de nosotros. Cogió la maleta de la santa y yo, con la pata arrastras, le seguí.
—Síganme, yo voy a Atocha y les llevo.
Buscó el correspondiente tren, nos colamos al parecer, y al llegar a Atocha, siguió haciendo de Cicerone y Ángel de la Guarda a la vez. Preguntó dónde se cogía nuestro AVE y nos dejó en la puerta de embarque.
—¿Cómo puedo agradecerle todo lo que ha hecho por nosotros? Un millón de gracias.
—Hagan lo mismo, —fue su respuesta.
Desde aquí, con este relato verídico, quiero agradecer a todas las personas del mundo y en especial a él, la ayuda que prestan a gentes desconocidas que en un momento dado, se encuentran extraviadas entre la muchedumbre y a veces de sí mismas.
Hubiéramos perdido el tren, el billete…

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Un viaje hacía allá - (R) - Amadeo

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Amadeo

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La pena es que todo terminó abruptamente y de malos modos. Fue un viaje con un mal final, aunque realista. Me gusta recordarlo, repasar los detalles por si en otra oportunidad puedo repetirlo… pero con otro desenlace. Sería bueno dejarlo por escrito para no olvidar esa ex-periencia evolutiva. Lo repasaré, mentalmente, una vez más:

«Hacía tiempo que planeaba concretar ese viaje, el imaginado, aventurero y exploratorio. Por fin, había decidido iniciarlo aquella mañana. Debía dejar todo acomodado, organizado para cuando volviera poder reemprender mi vida cotidiana sin dificultades. No necesitaba pasajes ni visa de turista. Con vestimenta cómoda y llevando los accesorios previstos, salí, bien temprano, hacia allá. Caminé despacio, para no cansarme pronto. Tenía tiempo y paciencia, nadie me corría: era libre. «Esta vez lo lograré», me repetía. El día fresco, y luminoso me acompañó todo el recorrido. Cerca del mediodía, dejando atrás unos modestos ranchos, llegué a la base del cerro donde, un bosque frondoso parecía descansar e invitarme a que lo recorriera. Lo hice. Desde chico me gustó la naturaleza y la ecología. «¡Qué hermosa arbole-da!, ¡Qué troncos rugosos y capaces de sostener tanto peso!», los recuerdo muy bien. «¿Por qué las mariposas son tan hermosas?, me había preguntado al admirarlas. Eran fantásticas, con esos colores y brillos, con sus movimientos suaves e inspiradores.… Las flores y los juncos tan flexibles, movidos por aquellas brisas románticas, me encantaron. Abundaban.

No quería distraerme, debía reintegrarme antes del anochecer para que el regreso no fuera peligroso. La oscuridad me inquietaba a pesar de que la conocía en profundidad, que la había aceptado, obligado, hacía años, pero igual… aquel día la rechacé con más contundencia que nunca.

Comenzaron a aparecer rocas grandes, grises y de cantos filosos. Tuve que sortear varias y a otras menores, las escalaba y avanzaba unos metros. El ascenso fue algo dificultoso, pero me gustaba el esfuerzo exigido. Era parte del desafío anhelado. Me sentía capaz, valiente y seguía ascendiendo, paso a paso. Calculé –recuerdo bien– que en unas dos horas llegaría a la cima y así fue. El paisaje mostrado, era magnífico, inconmensurable. El horizonte rojizo me rodeaba y me hizo sentir un punto, una pequeñez ante tal magnitud. De pronto –repaso ahora– tomé conciencia de que ese color naranja pálido, allá a lo lejos, era el crepúsculo inicial, el comienzo del atardecer y me propuse regresar lo más rápido posible.

Algunas ardillas veloces, se detenían al verme con sus ojos dulcificados y yo me demoré segundos, en dos o tres oportunidades. El agua tan pulcra y cantarina del arroyo, tomaba velocidad, esquivaba algunas piedras enormes y volvía a emprender su recorrido. Recuerdo, con detalles, como yo había caminado a su lado hasta llegar al puentecillo de maderas oscuras y bien conservadas. Lo crucé y ya casi en el llano, en una penumbra que avanzaba a mi lado, escuché un grito, un alerta.

— ¡Espere… espere! Quiero decirle algo.
— ¿Qué me quiere contar, buen hombre? –había preguntado, amable, al detenerme.
— Yo no tuve la intención de matarlo. No lo asesiné.
— ¿A quién? ¿A quién no mató?
— A mi amigo. Solo… apenas lo empujé para que saltara y saltó mal y cayó y no se movió más.
— Eso es asesinato. Le aconsejo que se presente a la policía y declare que no fue intencional.
— ¿Es asesinato? –preguntó alarmado.
— Sí. Soy abogado y le aconsejo que declare... Vaya, corra.

Y el pobre hombre corrió, desapareció de mi vista. Yo caminé rápido, pues necesitaba estar en mi habitación lo antes posible, para luego cenar. Agotado, realmente cansado, seguí por la senda y confirmé, una vez más, que mi juventud había quedado atrás, muy atrás.

De pronto escuché mi nombre. La voz era autoritaria, hasta cierto punto amenazante y entonces presté atención:

— ¡Rodolfo!... a ver… ¿qué me puede decir ahora?… ¿qué está haciendo parado?
— ¿Parado?
— Sí. Parado… de pie… Por favor siéntese en la silla de ruedas, que tiene a su derecha, que lo llevo al comedor para cenar… ¡Ciego y se hace el valiente! ¡Increíble!... Siempre lo mismo…
— Perdóneme. Estuve viajando.
— ¿Viajando? De este geriátrico para minusválidos, nadie viaja, nadie sale si no es con los pies hacia adelante. ¡Vamos!. ¡Basta de tonterías!

La cena estuvo regular. Habían servido lo mismo que tantas otras noches. Sí, cuando descanse un poco, planearé un nuevo viaje hacia allá y ese, tendrá un mejor final».

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El último viaje - (R) - Estel Vórima

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Estel Vórima

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Aquel viaje fue el último. El primero fue hace mucho, cuando todavía era un chiquillo inberbe. Salió del viejo rancho de su abuelo con un pasaje para a la gran ciudad. Ahora, ya quedaba lejos aquel niño, y era un turista más. Los turistas son todos iguales para los locales. Además, él sabía como comportarse. Dejar buenas propinas, pedir la jarra grande de cerveza, no buscar la sombra al pasear. En España, concretamente en el sur, era fácil hacerlo. Allí, era un extranjero más. Un guiri como los llamaban. Nadie sospechaba, nadie lo miraba mal, ni lo rechazaba. Fue peor salir del rancho a la capital, donde todo el mundo lo trataba como un paleto. Allí fue donde comenzó su otro viaje. Ese que había iniciado sin saber donde lo llevaría. Un camino de sangre y muerte. La primera vez fue porque aquella mujer lo trató como un adolescente de pueblo. Se rió de él y su virilidad. Las demás habían sido por gusto. En fin, estaba decidido, aquel día sería la última vez que viajaba por ese camino. Ya había elegido a su compañera de viaje.

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Corazonada - (R) - Lectora70


Lectora70

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Me desperté sobresaltado y acongojado con el corazón latiendo a mil por hora. Necesité unos minutos para que mi cuerpo, bañado en sudor, recuperase el ritmo normal. Este sueño había sido con creces el peor en mucho tiempo y para colmo, tenía que ver con el viaje que realizaría en apenas unas cuantas horas.

Cuando crucé las puertas de salida del aeropuerto de Dallas, por un momento me quedé deslumbrado por tanto sol en comparación con la lluvia que azotaba con fuerza aquella mañana al salir de casa. En cuanto recuperé la visión vi a lo lejos, apoyado en un todoterreno enorme, a Marc con una amplia sonrisa saludándome con la mano. Sorteando a una gran cantidad de turistas, conseguí llegar hasta él y nos fundimos en un caluroso abrazo.

—¡Marc, amigo mío! ¡qué bien te veo! —dije sintiendo la presión de sus brazos sobre mi espalda, casi cortándome la respiración.

—¡Tú sí que estas bien, cabrón! ¡No sé cómo lo haces, pero pareces el mismo tío que conocí hace veinte años en la universidad! ¿te acuerdas Carlitos? —contestó Marc soltándome, por fin, y mirándome de arriba a abajo.

—¡Pues claro que lo recuerdo! ¡Cada vez que nos vemos me dices lo mismo! Pero ya es hora de dejar de llamarme con un diminutivo, ¿no crees? —respondí—. Ya no soy aquel chavalín enclenque del que tanto te reías, mira…ahora tengo músculos, como tú.

—¿Músculos dices? ¡Esto sí que lo son! —dijo soltando una risotada mientras se apretaba el bíceps—. ¡Por cierto, mañana por la noche lo vamos a pasar genial! ¡Te va a encantar el sitio donde vamos a celebrar la Nochevieja y además vas a conocer a mis amiguetes! —exclamó entusiasmado.

Al día siguiente, por la tarde, llegamos a un auténtico rancho americano.

—¿Este es el lugar? —pregunté alucinado.

—¡Pues claro! ¡Y mira, allí están mis amigos! —señaló levantando la mano—. Ven que te los voy a presentar.

Diez minutos más tarde estábamos degustando una maravillosa cena que se desarrolló con buena conversación, copas de vino y muchas risas hasta que, poco antes de las campanadas y ataviados con gorros rojos, collares de espumillón y matasuegras, recibimos el Año Nuevo brindando con una copa de champán.

La fiesta estaba en pleno auge cuando de pronto unas voces se colaron entre la música y el griterío de la gente.

—¿Has notado eso? —pregunté a mi amigo.

—¿A qué te refieres? —contestó asombrado.

—Un voz muy grave y alta, como dando órdenes y… —no terminé la frase cuando escuchamos claramente unos chillidos.

—¡Joder! ¡Ahora sí que lo he oído! —gritó Marc—. ¿Pero qué coño pasa?

—Hay un tío armado en la entrada —le dije poniéndome en tensión.

Nos miramos sorprendidos cuando de repente se escucharon los primeros disparos seguidos por desgarradores alaridos.

—¡Oh my God! —susurré aterrado.

—¡Corred, corred! —gritó Marc tirando de mí hacia la parte posterior de la sala.

Al tiempo que nos dábamos la vuelta el resto de la gente hizo lo mismo. Todos corríamos sin saber hacia dónde chocándonos los unos con los otros, presas del pánico más absoluto. En un momento dado Marc se dio la vuelta.

—¡Vamos a la izquierda! ¡Seguidme! —chilló.

Intentábamos escapar empujando furiosamente a las personas que encontrábamos en nuestro camino, hasta que llegamos a una pared dónde estaba la puerta que daba al comedor donde habíamos cenado, y que abrió de una patada.

—¡Tiraos al suelo y arrastraos por debajo de las mesas y no paréis hasta llegar a los baños! ¡Ahora! —bramó Marc.

Sin pensar me arrastré todo lo rápido que pude hasta que vi frente a mí a mi amigo abriendo otra puerta, con un letrero que ponía «Privado. No entrar» y que estaba junto a los aseos. Entramos, cerramos y nos quedamos sentados en el suelo intentando recuperar el aliento mientras nos mirábamos asustados sin decir nada.

—¿Qué hacemos ahora? ¿Esperamos aquí escondidos? —pregunté con voz temblorosa pasados unos segundos.

—No. ¿Veis esa estantería que hay allí? —dijo apuntando hacia ella con el dedo.

—Sí —contestamos al unísono moviendo la cabeza afirmativamente.

—Vamos a moverla porque detrás hay un acceso que, a través de un pasaje, llega al exterior —explicó Marc.

—¿Cómo lo sabes? —pregunté.

—El año pasado reformé este hotel y dos edificaciones más del rancho y se dejó esa salida intacta. ¡Y ahora, vamos, no perdamos más tiempo! —nos apremió.

Atravesamos el pasillo como alma que lleva el diablo y salimos a la fría noche del nuevo año.

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El viaje de escape - (R) - José María



José María

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El viaje de escape.
El paisaje se divisaba mejor que nunca, era un día espléndido de poniente con lo cual la costa se veía más cerca aún era espectacular, pasaron por un lugar llamado el mirador el cual estaba abarrotado de turistas que disfrutaban de las vistas espectaculares del estrecho de Gibraltar.
Faltaban apenas diez minutos para llegar a tarifa y concreta mente al puerto, dónde cogerían el ferry hacia Tánger .Marta y Clara se preguntaban cuál había sido la razón para que Pablo se empeñara de un día para otro de hacer esa excursión a Marruecos.
Estaban pasando las vacaciones en el rancho una finca de lujo alquilada para todo el mes ,con todas las comodidades posibles y lejos de las vistas indiscretas, algo difícil de conseguir en la costa del sol.
Pablo había insistido en que no molestaran a paula, que estaba con las jaquecas otra vez y no quería saber nada del viaje. Así pusieron rumbo hacia las costas del estrecho y serpenteando las curvas de una carretera en malas condiciones, por sus años llegaron a su objetivo Tarifa puerto changer .
Tarifa era una ciudad muy conocida por su turismo, a pesar que conservaba muchas de sus playas casi vírgenes se notaba que la especulación del urbanismo comenzaba a destruir su encanto natural.
Marta aprovecho al bajarse del mercedes deportivo para llamar a paula e interesarse por su estado enseguida salió un mensaje de <>era extraño pues la cobertura era buena en esa zona, anterior mente le había saltado otro mensaje de<< bien venidos a marruecos>>colgó el móvil extrañada .Clara se le acerco y miro que había apagado el móvil.
—¿Apagado o fuera de cobertura?
—Si ¿has llamado también? Te parece extraño verdad<>
Pablo dirigió el coche hacia donde le indicaron, deberían esperar para embarcar así que las chicas se fueron hacia la cafetería con el pretexto de tomar algo, en cuanto entraron a la cafetería Marta se acercó a un policía de la aduana que salía de su oficina con el distintivo de aduanas de la policía nacional.
—Buenos días señor agente tengo un problema, No sé si podría usted ayudarme.
—Dígame señora, me llamo pedro, el teniente pedro, cuénteme quizás podamos ayudarla.
El agente enseguida puso todo el dispositivo en marcha para comunicarse con la comisaria de Málaga no le extrañaba que pasara algo raro, deberían averiguar si paula estaba en la casa, así que mandarían una patrulla a comprobar y esperarían noticias, aun había tiempo.
—Señora, acompañe a su amiga al café y no haga ningún comentario sobre lo que acaba de contarme.
Cuando llego a la cafetería Clara le pregunto dónde había estado.
—En el baño, estaba ocupado esta al fondo, veo que ya has pedido.
—Si hay viene pablo. Traerá los pasajes
—Chicas tengo un hambre que me comería un tiburón ¿queréis algo de picar?
—No gracias yo tengo bastante con el café <>¿ has llamado a paula?
—Ahora llamare conduciendo no he querido distraerme sabes cómo estaba la carretera de curvas, el paisaje muy bonito pero la N -340….
En la centralita de la policía de la estación sonó el teléfono preguntando por el teniente pedro.
—Si inspector y dice usted que retenga a los tres, de acuerdo señor los mandaremos al juzgado de Algeciras, mándame el informe por fax y la orden de detención.
Cuando estaban acabando de tomar sus aperitivos se acercó cuatros policías de uniformes y el teniente de paisano.
—Buenos días, serían tan amables de seguirnos a la sala.
—Por supuesto señor agente ¿un registro de rutina?
—lo siento señor, pero quedan todos detenidos hasta que no se aclare todo.
—Que es lo que pasa señor agente <>
—¿Conocen ustedes a Paula Navarro Ponce?
—Por supuesto, es nuestra amiga <>
—Ha sido encontrada muerta en la finca conocida como el rancho, quedan los tres detenidos, le leeremos sus derechos y serán transportados hasta el juzgado de Algeciras en espera de pasar a disposición del juez.
El teniente observo pensativo a los tres detenidos, intentando hacer un retrato robot de la asesina, según el inspector de Málaga no cabía dudas que había sido una mujer, la ejecutora del asesinato, pero podría tener cómplice, el caso pasaría a la comisaria de Málaga

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Final de trayecto - (R) - Irene R


Irene R. 
https://irenerodriguez-escritora.blogspot.com/

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Era pasada la medianoche cuando lo vi salir del restaurante “El rancho de la abuela”. Me había costado años encontrarle, y todo lo que había tenido que hacer durante ese tiempo, para llegar a ese momento exacto, me había cambiado por completo. Pasé de ser un hombre alegre y amable, a convertirme en una persona huraña, fría e irascible. Lo perdí todo; familia, amigos y trabajo. Mi vida se convirtió en un viaje a los infiernos sin billete de retorno. Sabía que si llegaba hasta el final, si cruzaba la raya, no habría marcha atrás, y jamás saldría de allí. Pero nada de eso me importaba; estaba dispuesto a dar, y hacer, lo que fuese necesario con tal de llevar a cabo mi venganza. Si lo conseguía, todo lo sacrificado valdría la pena.

Lo seguí por las calles poco iluminadas y, a esas horas de la noche, vacías de turistas. Había averiguado dónde vivía, y sabía que tardaría casi veinte minutos en llegar a su casa. Lo aceché en las sombras esperando mi momento. Sentía la sangre correr con fuerza por mis venas, la adrenalina me invadía y me costó un enorme esfuerzo no lanzarme directamente sobre él. Mas debía ser precavido; un solo error, un mínimo fallo, y todo se echaría a perder.

Mi paciencia empezaba a agotarse cuando vi mi oportunidad. Se había metido por un estrecho pasaje que quedaba a cubierto de miradas indeseadas; no habría ningún testigo.
Llevaba los auriculares en los oídos y no me oyó llegar. Me acerqué a él en un par de pasos y lo agarré con fuerza de un hombro volteándolo hacia mí; quería ver el miedo en sus ojos cuando se diese cuenta de que todo había acabado.

Le costó unos segundos reconocerme, y no le culparé, mi apariencia había cambiado drásticamente desde el día en que me destrozó la vida. Pero en el momento en el que se percató de quién era, el terror se mostró en su rostro, y yo sonreí de pura satisfacción.

—Piedad, por favor —suplicó.

Aquello me hizo reír, y le miré con regocijo.

—No tendrás esa suerte.

Saqué el cuchillo de la funda que llevaba en la cintura y lo acerqué a su cuello. La luz de las farolas se reflejaron en la hoja, y unas letras se hicieron visibles.

—¿Las ves? —pregunté en un susurro moviendo el cuchillo hasta dejarlo a la altura de sus ojos—. Lleva tu nombre escrito, porque está destinado a acabar en tu cuerpo. Te arrebataré la vida, como tú me has quitado la mía.

Tragó saliva con fuerza y cerró los ojos.

—Aquí se acaba tu viaje —le dije antes de colocar la punta del cuchillo sobre su pecho.

Sus ojos se abrieron de golpe al sentir cómo la hoja se adentraba en la carne. Su mirada de espanto me maravilló y seguí empujando hasta que mis manos tocaron su cuerpo. Tosió una única vez con fuerza, y unas gotas de sangre me mancharon la cara.
Me quedé allí, delante de él, durante lo que me pareció una eternidad. Disfruté al ver cómo su vida se iba apagando poco a poco. Las fuerzas le empezaron a fallar, y acabé sujetando su cuerpo contra la pared para evitar que se desplomase contra el suelo.

—Lo siento. Nunca quise que acabase de aquella manera.

Fueron sus últimas palabras, mas aquello no me conmovió en absoluto. No había sido su intención, pero había pasado, y todos debíamos pagar, y aceptar, las consecuencias de nuestros actos.

Con su muerte, sentí que me libraba de una pesada carga. Mi camino de venganza llegaba a su fin, y la ira, el odio y el resentimiento se fundieron en uno solo con mi alma. Ya no había marcha atrás y mi destino quedó sellado en el momento en el que exhaló el último aliento.

El final del trayecto apareció ante mis ojos, y las puertas del infierno se abrieron con una invitación que no podía rechazar.

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Justicia - (R) - Vespasiano

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Vespasiano

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Otro día más me toca comer el jodido rancho de esta cárcel blindada de extrema seguridad.
Al principio de mi cautiverio marcaba en un almanaque los días que me faltaban para cumplir la condena, pero son tantos los que pasaré aquí encerrado que, desanimado, desistí de tacharlos y quise olvidarme de lo feliz que era allí afuera desde que pude recuperar a mi hermano.
Para llegar hasta aquí no me fue necesario comprar un pasaje en algún avión de línea regular o en un navío repleto de turistas. ¡Me bastó portarme como un hombre!
Desde muy pequeño he trabajado sin descanso en los campos de cultivo de la fruta y donde los viñedos bordean la carretera que sube a lo alto de la sierra.
Al morir nuestra madre, víctima del virus del Zika, mi hermano con apenas siete años de edad, fue internado en un hogar para menores del Estado.
Por entonces yo andaba malviviendo en un chamizo insalubre junto a una veintena de braceros y no me concedieron su custodia, pero mi amor por él me rompía el corazón al verlo allí abandonado.
Lo que yo no sabía era el infierno que vivían los niños en aquella comunidad religiosa denominada “La familia”.
—¿Qué te ha pasado en la boca? —le pregunté un día que fui a visitarlo.
—El cura me ha metido en la ducha fría con ropa y todo. Me empujó; resbalé y perdí dos dientes.
En aquel momento juré por Dios que no pararía hasta sacarlo de allí.
Más tarde supe del comportamiento tan cercano que ejercían los clérigos sobre los chicos allí congregados:
—Les gusta abrazarnos por la espalda y a veces nos dan besos en el cuello. ¡Pero a mí no me agrada! ¡Ninguno de ellos es mi padre!
En otra ocasión me dijo:
—Nos obligan a meternos desnudos en la piscina para tocarnos.
Indignado decidí denunciar estos hechos ante la autoridad eclesiástica. Pero mis quejas fueron tiradas a un saco roto. Aunque había un rumor de malos tratos y de abusos en esas comunidades religiosas, también existía entre los habitantes del pueblo, un miedo que carcomía, ante el poder de la curia. Tenían muchos contactos influyentes en la capital y el párroco además era íntimo amigo de un destacado juez conservador.
Con el paso del tiempo y con mucho esfuerzo logré hacerme una vivienda. Ayudado por el propietario de un almacén de frutas que me empleó, conseguí tener un trabajo estable que me sirvió para sacar del orfanato a mi hermano pequeño.
Aquella noche le escuché sollozar sin poder conciliar el sueño.
—¿Qué te ocurre? —le pregunté— Ahora estamos juntos. ¡No debes temer nada!
—Me obligó a que le hiciera una felación debajo de su sotana. —Me confesó avergonzado entre convulsas lágrimas.
—¿Cuál de aquellos curas te obligó a hacerlo?
Después de aquellas revelaciones, creé un perfil falso de Facebook haciéndome pasar por un adolescente y agregué entre mis seguidores el nombre de aquel sacerdote que había abusado de mi hermano.
No tuve que esperar mucho tiempo. El párroco de la comuna rural comenzó a mandarme mensajes de texto y audios de contenido sexual. Días más tarde me envió varias fotos haciendo gala de sus dotes masculinas.
Cuando tuvimos más confianza después de haber intercambiado muchos mensajes eróticos, le abordé para saber si el desgraciado, en el auge de su concupiscencia, se delataba recreándose en las aberrantes escenas que hacía meses me oprimían el corazón.
—¿Quiere que le diga lo que más me gustaría hacer con Usted? —Le pregunté de improviso.
—Estoy deseando saberlo —me respondió—. Aunque lo que más me gusta es follar con aquellos que no quieren hacerlo. Me pone muy cachondo escuchar como lloran cuando los penetro, o la cara de asco que ponen algunos cuando les obligo a que me la chupen en la sacristía de la iglesia. ¡Pero creo que no me vendría mal un poco de complicidad con alguien tan maricón como yo!
Días más tarde preparé un encuentro a conciencia.
Aquella noche en el café de la Plaza Central sonaba "Like a Virgin" de Madonna.
En un reservado del salón, el párroco Venancio Capriles esperaba ilusionado la llegada de un chico de apenas quince años.
Cuando me vio entrar, la cuchara que sostenía entre sus dedos se le cayó al suelo provocando un sonido tintineante.
Dos certeros disparos hicieron mezclar la sangre que manaba de su frente con el sudor asqueroso que el miedo a la muerte hizo brotar de su oronda cabeza.

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MEMORIAS - Hilda G.M.

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Hilda G.M.


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Intentaba darle forma a un pasaje de sus memorias, pero el alboroto de los turistas, ya demasiado alegres después de la degustación de tequila, no le permitía concentrarse. Le hubiera gustado que su rancho continuara como lo tenía su abuelo y no esta especie de parque de atracciones para los fuereños que a él le había tocado. A su abuelo solía recordarlo siempre como lo veía de niño: alto y robusto, con el gesto serio y una mirada medio burlona que a veces se escondía bajo el sombrero. Nunca se atrevió a preguntarle cómo había perdido el brazo, pensaba que habría sido cuando se fue detrás de la mujer que lo había abandonado dejándole varios niños pequeños. De aquellos niños solo había sobrevivido su padre, pero dicen que tampoco tuvo suerte con las mujeres: lo mataron en una cantina cuando él y su hermana todavía no cumplían los siete años. Así que el abuelo hizo de padre también y mucho tenían que agradecerle. Ni su hermana ni él probaron suerte en el matrimonio, ella se metió muy joven de monja y él se había dedicado a la crianza de caballos. A veces, cuando se sentía con ánimos de charlar, les comentaba a sus empleados que los animales suelen ser más fieles que la gente. Había quienes se tomaban el comentario como indirecta y otros que pensaban que se estaba volviendo un viejo gruñón. Pero en realidad él se refería a sí mismo: ¿acaso había hecho algo por encontrar a su abuelo cuando desapareció durante su último viaje a la capital? Nada. Se quedó quietecito y cuando al poco tiempo vinieron a proponerle que les vendiera la mejor parte de sus tierras, aceptó sin siquiera discutir el precio. Mejor así.

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El Sicario - (R) - Juana Medina


Juana Medina

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Revisa una vez más su pasaje de turista a Tailandia, las fechas, los horarios, y elige uno de sus pasaportes falsos. Cree recordar que es de uno de sus muertos, de alguno de los que dejó dormido en algún café de aeropuerto porque el otro creyó reconocerlo o haber visto su foto en alguna parte. Unas gotitas en la bebida elegida lo adormecían; él le sacaba el pasaporte y huía. Cuando, después de llamarlo innumerables veces el personal del aeropuerto identificaba a su víctima, ésta ya estaba muerta y él volaba hacia algún lugar remoto.

Alguna vez tuvo que improvisar en pleno vuelo. Hay gente tan insistente… Siempre alguien necesita entrar en conversación. En ese sentido se siente superior. Desde el primer encargo que lo llenó de dinero pero lo obligó a vivir más en el aire que en la tierra, supo lo que era la soledad hasta de sí mismo. Aprendió a no nombrarse ni con el pensamiento.

Ahora, retirado del oficio, vive en un espléndido rancho al borde de la selva, siempre bajo otro nombre. Sabe que Interpol lo busca, y esta mañana al leer el diario con la minuciosidad acostumbrada encontró un recordatorio aparentemente ingenuo de familiares de uno de sus últimos muertos, como suele llamarlos, que le indica que nunca creyeron en el ataque cardíaco que lo mató en vuelo y que siguen buscando testigos. Es mejor ausentarse un tiempo.

Habla con la mujer que lo acompaña desde que compró el rancho. Es una indígena sumisa y crédula. Sabe que su hombre se dedica a los negocios importantes de los blancos, que a ella no le falta nada y que solo debe atender su casa como la atendió siempre, cocinarle lo que le gusta y estar disponible para el sexo. Él no le pega, no le levanta la voz, no la maltrata. Muchas veces ni siquiera la mira, pero ella vive tranquila. Asiente, aunque él ya le da la espalda.

Ningún auto, ninguna motocicleta, ninguna bicicleta lo sigue. Todavía está a salvo.

—¿No despacha equipaje, señor?

—No, voy por pocos días.

—Entiendo. Embarca por puerta veintidós. Buen viaje.

La empleada casi no lo mira, pero su “entiendo” queda resonando.

Compra una novela policial en el puesto de diarios y revistas, y va directamente al prembarque. Simula leer. Nadie le presta atención.

Ya en el avión, cede su asiento a una señora que protesta porque no le gustan las filas de cuatro pasajeros y quiere una ventanilla. Él por el contrario prefiere estar sobre el pasillo, y si el avión no va muy lleno, a su lado quedará algún espacio vacío.

Suspira. Por fin empieza a relajarse. Todo está en orden.

En el otro extremo de su fila se sienta un hombre de unos cuarenta años que parece no verlo. Ni bien las indicaciones de los cinturones de seguridad se apagan, el hombre reclina el asiento y se dispone a dormir. Él aparenta hacer lo propio, pero sabe que no puede descuidarse. Registra las caras de las azafatas y del comisario de abordo.

Se levanta al baño. ¿Habrá algún sospechoso? Se ríe de sí mismo, actúa como los que lo persiguen.

Un matrimonio de turistas jubilados, un ejecutivo metido en su ordenador, dos amigos o socios que beben sin parar. Todo tranquilo. Hizo bien en reservar el primer vuelo a un lugar tan lejano. Al parecer esta vez no tendrá que matar a nadie. Quizás hasta pueda tomarse vacaciones.

Cierra los ojos. Durante el viaje puede descansar. El alerta debe ponerlo sobre el aterrizaje.

Sin embargo, todo vuelve en el sueño. Dos crímenes por encargo y siete por temor a ser reconocido, infinitas millas de vuelo, viviendo en el aire hasta poder recalar en un rancho de lujo y soledad; y siempre las caras de los nueve asesinados atados como globos a la cola del avión que lo transporta. Siempre con él. Sólo en el rancho no los ve. ¿Habrá hecho bien en irse?

Las luces se encienden. Los cuerpos empiezan a moverse. Es hora. Bajar entre muchos, ni de los primeros ni de los últimos. Pasar desapercibido. Pero esta vez, los muertos no se van en cuanto abre los ojos.

Se los refriega. Se despereza. Vuelve a mirar. A su alrededor, la señora que pidió la ventanilla, el ejecutivo del ordenador, los jubilados, los bebedores y las azafatas lo miran fijo mientras su vecino de fila dice: —Buenos días, Félix —cerrando un par de heladas esposas en sus muñecas.

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